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Tom
Zé
,
ese gnomo frágil, sabio y salvaje Actuación
de Tom
Zé
(guitarra y voz), Lauro
Léllis (batería y percusión), Cristina Carneiro (teclados), Gilberto
Assis (bajo y voz), Sergio Caetano (guitarra), Jarbas Mariz (percusión). . Como
si un pequeño y frágil gnomo, de aspecto sabio y salvaje le hubiera
estado martillando a uno la cabeza para despertarlo ante un mundo de
fantasía. Con esa sensación se amanece luego de una noche con Tom
Zé,
ese hombre loco que conjuga a Frank Zappa con Hermeto Pascoal y se
permite ser un artista revolucionario a los 66 años. El tipo que, no
canta, juega en el escenario como un pretexto para cumplir con su función
en la Tierra: producir rebeldía. . Zé
llegó con su aura mágica alrededor y su historia de mito viviente para
cerrar las Noches Brasileñas del IV Festival Internacional de Buenos
Aires. Redescubierto a fines de los 80, aterrizó en el país por
primera vez y dejó entre el público la impresión de haber vivido un
instante único, casi dos horas de hipnosis con buenas dosis de
provocación, ironía, acidez, alegría, pasión, experimentación y
performance. Definitivamente, no será fácil de olvidar. . Todo
lo que toca lo rompe y esa parece una condición innata en él.
Deconstructor de melodías por naturaleza, Zé
brindó un espectáculo de esos que no abundan, quebrando
convencionalismos y disfrutando, travieso, de ello. Habla, canta, eructa,
rapea, susurra, escupe, golpea, actúa, teatraliza, vomita su
pensamiento, se detiene, vuelve atrás, comienza otra vez y cuenta otro
cuento, distinto, diferente. Ese abuelo es un torbellino y si uno se
descuida puede quedar girando sobre sí mismo con la cabeza un tanto
partida. Roto y mal parado. . Porque
es como un niño, mantiene ese instinto animal de los más precoces y,
finalmente, termina rompiendo todo. Hasta su ropa. Se ríe de Bush, de
los norteamericanos, satiriza a los medios (se come un ejemplar de Clarín
y otro de LA NACION), al rock, ironiza sobre la globalización, el
capitalismo y sobre el mismísimo tropicalismo, esa etiqueta
generacional a la que no quiso pertenecer de puro experimentador cabeza
dura. Juega con su personaje de loco irreparable, se burla de sí mismo
y hasta ruega, implora y canta un jingle para que compren sus discos a
la salida. . ¿Es
o se hace? Qué importa, quiero más. Zé
predica con su obra y se apoya en Defecto de Fabricación, el disco en
el que enumera los defectos de los pueblos de América latina en relación
con los "patrones" del Primer Mundo. "El defecto de soñar,
de amar, de bailar y, el defecto principal e insoportable para los países
dominantes: el defecto de pensar. Pensar es un defecto horroroso, porque
puede hacer crecer el cerebro. Y eso es muy peligroso para el Primer
Mundo porque, de repente, pueden empezar a nacer Jesucristos y Fideles
Castros por todas partes", sugiere. . El
músico-performer ahora narra una vieja canción suya como si estuviera
haciendo radio. No la canta, la cuenta, la describe, la rompe una y otra
vez. Ya no se contenta con que sea una composición anormal, sino que la
vuelve a destrozar arriba del escenario y la convierte en otra pieza de
un rompecabeza sonoro. . Incita
al público, lo moviliza, le pide sangre, palmas y, con delicadeza, se ríe
también de lo poco propenso a la fiesta que es el argentino medio. Del
overol al mameluco y los cascos. El escenario está en obra: hombres
trabajando, jugando, haciendo música mientras se golpean las cabezas
con martillos o afilan (literalmente) instrumentos. . Y
hay más, mucho más. Y Zé
parece no comprender absolutamente nada acerca de límites y reglas. Los
rompe sin enterarse, hasta que convierte su performance en un show de
demencia y movilización que no corresponde a esta década de
pragmatismo artístico. Estuvo el gnomo, los martillos, el salvajismo,
la sabiduría y, por supuesto, la fanstasía. No es un sueño, Tom
Zé
es real. Sebastián
Ramos |
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