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Ese loco, loco afán

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Clarin.com

MUSICA: TOM ZE, EN EL IV FESTIVAL INTERNACIONAL

Ese loco, loco afán

El músico políticamente incorrecto cerró las Noches brasileñas en el ND Ateneo con un show atípico e irreverente.

 

Sandra de la Fuente. ESPECIAL PARA CLARIN

El cierre de las Noches brasileñas fue una fiesta psicodélica en la que Tom Zé —seguramente el músico de Brasil más políticamente incorrecto y sin duda el más extravagante— pisoteó, hasta hacer desaparecer, la delgada línea que separa el arte de la locura.

Tom Zé formó parte del grupo de músicos tropicalistas que revolucionó la música popular brasileña a fines de los 60. Gilberto Gil y Caetano Veloso, brazos fundamentales de esa corriente renovadora, obtuvieron un rápido reconocimiento mundial y un indudable éxito comercial que los convirtió en el mainstream de la música brasileña de nuestro tiempo. Tom Zé, en cambio, pasó por un período de ostracismo en los medios del que fue rescatado gracias al músico y productor David Byrne. La compilación de canciones de Tom Zé editada por el sello Luaka Bop en 1990 reabrió el camino al músico que estaba a punto de abandonar la música para empezar a trabajar en una estación de servicio.

Durante el espectáculo en el ND Ateneo, las canciones editadas en sus discos, de ingeniería precisa, sutiles superposiciones rítmicas y textos polisémicos, cedieron su protagonismo y se convirtieron en mero soporte para la actuación vertiginosa, liberada de reglas, abierta a lo impredecible de Tom Zé.

Con 66 años y dueño de un estado físico que haría llorar de envidia al propio Mick Jagger, el hiperactivo Tom Zé convierte el sonido de todas y cada una de sus palabras en inapacibles movimientos de garganta. De manera inquietante se para en las fronteras del buen gusto —escupe, hace gárgaras, rompe y come papel de diario—; el repertorio de gestos escatológicos tiñe dramáticamente su música.

El malestar que provoca su relato de la niña cuya madre la obliga a prostituirse para poder comer se traduce en risas nerviosas o en angustia clara. La insistente —casi indigna— manera de ofrecer sus discos a la venta incomoda, causa estupor; el disparatado jingle que acompaña el momento publicitario, provoca carcajadas.

El atípico show de Tom Zé explica de algún modo el aislamiento al que lo sometieron los medios durante veinte años: su irreverencia no se agota en una poesía de denuncia. En escena, Tom Zé es un obstinado iconoclasta dispuesto a remover todas las convenciones con la energía de todo su cuerpo, sin economizar esfuerzos. La fuerza es tal que desmarca los límites entre el público y los músicos. Cuando, sobre el final, invita a cantar a un grupo de jóvenes conocedores de todas sus canciones, la sorpresa, al menos por una vez, cae sobre él: sus entusiastas seguidores forman Salsipuedes, una agrupación de músicos porteños estudiosos de la música brasileña, con los que había convivido durante quince días en San Pablo. Por supuesto, Tom Zé no lo recordaba.

 

Enseguida Caetano, Gilberto Gil, Gal Costa se convirtieron en estrellas internacionales. ¿Qué ocurrió con usted?

Usted habla de genios, de personas altamente capacitadas, de gente que hace música con facilidad. Yo no soy así, yo soy un "japonés": tengo que trabajar todo el día para obtener seis compases dignos.

Aparece en escena la sobria Neusa, su leal esposa ("¡más de 30 años juntos!", dirá entre la humorada y la resignación), con una bandeja con café y un plato de pancitos de queso. En un rincón hay una máquina de escribir Remington; el ambiente está dominado por una enorme biblioteca y sillas y sillones de distintos —e incluso antagónicos— estilos. Hay algo de caos contenido en ese ambiente de departamento de clase media paulista. Tom Zé es inquieto y amable. Por momentos no entiende las preguntas. Tiene puesto un par de audífonos: "Me hizo daño ubicarme delante de una batería en el año 72. Quedé afectado por los agudos de los timbales"). De pronto se acerca y dice, como completando la respuesta de lo de Veloso, Gil y compañía. "Lo que ocurrió es que yo fui enterrado".

 

¿Cómo que lo enterraron?

Hubo un poco de segregación porque yo soy nordestino y hablo como tal. Soy caipira, un campesino. Así que hablo, actúo y tengo una ética campesina. Y por eso fui segregado, no lo dudo. Y existió el problema del Tropicalismo: éramos un grupo de personas y de pronto dejamos de ser un grupo. Como me dijo en su momento el poeta Augusto de Campos: "Quien más tiene en la música popular, más necesita". Así, amigo, me enterraron. En el momento del reparto de honras y la división de méritos, hicieron como que yo no existía. Tuvo que venir David Byrne para desenterrarme.

 

¿Pero quiénes "lo enterraron"? ¿Sus compañeros de Tropicalismo?

Queda feo señalarlos. Fueron las circunstancias. Los compañeros son humanos y parte de esas circunstancias. Huyo de las intrigas. Me amargarían y no podría componer. No quiero hablar de nada que me haga daño. Al menos hoy.

Tom Zé sacó durante la década del 70 algunos discos geniales, de ruptura, totalmente incomprendidos en su tiempo. Quizás el más trascendente fue Estudando o samba, de 1975 (ver El momento...). El bahiano siguió viviendo en San Pablo al tiempo que se sumía en una depresión "insoportable". Comenzó a tener problemas de dinero. Pensó en emplearse en una estación de servicio en la ruta, propiedad de un sobrino, cerca de Irará. No sabía que, de paso por Río de Janeiro para presentar su película True Stories en el Festival de Cine Independiente, el entonces Talking Heads David Byrne había comprado en una tienda de Leblón una docena de discos de samba. En Nueva York Byrne escuchó los discos y quedó prendado de Estudando o samba. Preguntó —cuenta Zé—: "¿Quién es esta criatura tan cosmopolita?". El paso siguiente de Byrne fue editar a Tom Zé en los Estados Unidos. "Nunca llegué a utilizar el surtidor de gasolina", se ríe ahora.

 

Usted ha sido muy crítico con el Primer Mundo. Incluso una de sus canciones más conocidas es Compañero Bush. ¿No es paradójico que sea redescubierto por un músico del Primer Mundo?

No vivo en Marte. No es que por no ser del Primer Mundo yo me tenga que sentir un lisiado. Yo tengo que estar agradecido con David Byrne. Y sí, soy crítico. Pero del poder en general. Las figuras políticas son patéticas. Quizás Lula sea una excepción, pero en general son todos patéticos. No solamente Bush. Si hubiera podido, Fernando Henrique Cardozo hubiera invadido la Argentina y el candidato a intendente de San Pablo invadiría los Estados Unidos. Son todos iguales. Mire la cara de cualquier político: parecen monstruos.

El show que dio Tom Zé en Buenos Aires fue uno de los acontecimientos musicales de ese 2003. En ese, su tardío debut en la Argentina, el bahiano hizo música con moladoras y otros elementos industriales, recitó poemas, saltó por el escenario como un mono loco y redondeó una performance memorable. Guarda, dice, gratos recuerdos de esa noche. "Me sentí muy bien tratado. Buenos Aires es muy gentil, el pueblo muy educado. Fue magnífico. Le digo más: hasta me gustaría vivir ahí. Pero, ¿la verdad?, extrañaría la comida de Neusa. En la Argentina hay mucha carne y a mí la carne me pone nervioso. Soy prácticamente macrobiótico. Es el mejor modo que encontré para cuidar mi organismo, herido en mi juventud por la tristeza y la vida bohemia".

Su delgadez lo delata. Tom Zé dice que nunca estuvo tan delgado y con tanta salud. "Ya tengo una edad en la que debo pensar en la muerte. Hago tai chi todos los días. Soy muy nervioso y si no estaría loco. Tengo libros sobre la vida y la muerte tibetanos, que me dio a leer mi psicoanalista".

 

¿Hace mucho tiempo se analiza?

Desde que puedo pagarlo.

Los pájaros se asoman al cristal de la ventana. Neusa ofrece más café. Hay un choque entre la figura agreste de Tom Zé y y el paisaje agobiante de edificios de San Pablo. "Ya me acostumbré a la gran ciudad. Cuido un jardín del edificio de al lado. Me gusta mucho la jardinería. Me gusta trabajar con flores y plantas, algo nada intelectual ni elegante ni artístico. Para mí es una forma de estar más cerca de la tierra, del barro". Tom Zé desaparece por una habitación y vuelve con un retrato aéreo de Irará. "¿Ves? Acá quedaba la estación de servicio donde iba a trabajar. Acá nací yo. Acá todavía vive un primo... Pero Irará en verdad ya no existe más. Tiene 20.000 habitantes y las calles están llenas de automóviles. No hay silencio.

 

¿El silencio es importante para usted?

Sí. Me interesa el silencio. Y el trabajo. El trabajo es mi alegría. Me despierto todos los días a las 4 de la mañana, anoto cosas, sigo a las 6, a las 8 voy al estudio a tocar y ensayar, hago un siesta, trabajo hasta las 20 o 21 y me voy a dormir.

Dice que lo obsesiona correrse de lo convencional. "Mi música se nutre de la rebeldía. Quiero que me salgan cosas de las entrañas. No se puede hacer algo nuevo sin tocar las formas". Se ríe de una crítica de una revista estadounidense que dice en un párrafo: "Tom Zé, el Frank Zappa brasileño". "Descubrí el rock and roll de muchacho, en un cine, con Blackboard Jungle, la película con Glenn Ford y Sidney Poitier. Allí escuché por primera vez a Bill Halley. Me puse a llorar. Sentí el dislocamiento de las fuerzas sonoras, sentí que la Tierra estaba suelta en el espacio, en caída libre. A partir de entonces empecé a pensar que toda la música está hermanada, que todo está relacionado: el rock, la bossa nova, el jazz, el tango —con Piazzolla a la cabeza, ese otro rebelde—, todo. Me gusta mucho la música popular. Por eso no la escucho, porque siento celos. Escucho cosas tan buenas, que yo jamás voy a poder hacer por no estar capacitado. Así que pongo la radio en FM Cultura y escucho música clásica. No voy a competir con Beethoven...".

Invita unas golosinas macrobióticas, especies de bananitas con falso chocolate. Habla de cine brasileño y argentino: Ciudad de Dios, Madame Sata, El hijo de la novia. De Piazzolla y del smog, de marihuana y violencia. Lo atraviesa cierta melancolía. Cuando le pido una autodefinición se embarca en un monólogo encendido: "Hay que confiar en los poetas. Yo soy un vagabundo pero abrigo la bondad. Se puede ver: mi cara tiene bondad. No soy un hombre desarrollado pero tampoco soy tonto, y no quiero ser rico para estar triste y enojado. Mi profesión no me dejó ir hacia un lado triste. No quiero lo vil, lo éticamente bajo. No hago música porque sea un mar de rosas. Elegí hacer música no por fácil sino porque es mi obsesión, y porque debo respetarme. Fui pésimo compositor, pésimo cantante, y saberlo desde joven me ayudó. Debo respetarme. Y estar feliz: tuve éxito recién a los 60".

NOCHE DE PSICODELIA. TOM ZE DESAFIO EN ESCENA LOS LIMITES ENTRE ARTE Y LOCURA.(Foto: Diego Waldmann)

Ficha: Tom Zé

CICLO NOCHES BRASILEÑAS MUSICOS: LAURO LELLIS, CRISTINA CARNEIRO, GILBERTO ASSIS, SERGIO CAETANO, JARBAS MARIZ LUGAR: TEATRO ND ATENEO, SABADO

EXCELENTE

 

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