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La vanguardia didáctica de Tom Zé
| Concierto. El músico brasileño hizo anoche en el Albéniz un recorrido histórico en el espectáculo que inauguró el Festival de Otoño |
Silvia Grijalba
Si decimos de Tom Zé que es un visionario y que ha resucitado varias veces, más de uno puede llevarse una idea equivocada de este músico brasileño, que inauguró ayer el Festival de Otoño con su magnifico concierto en el Teatro Albéniz. Pero es que es cierto, este músico y poeta que durante algún tiempo estuvo englobado dentro del tropicalismo junto con Caetano Veloso o Gilberto Gil, es un hombre adelantado a su tiempo, uno de esos músicos que van muy por delante de su generación a los que, con suerte, se les reconoce el genio en el instante en el que van a tirar la toalla (los que tienen mens suerte viven el reconocimiento una vez muertos).
Desde los primeros minutos sobre el escenario, Tom hizo sentir que el de ayer no iba a ser un concierto sin más. La performance, el show satirico y la interacción con el público se intercalaron a lo largo de casi dos horas de un concierto que entusiasmó a los fans más heterodoxos y dejó insatisfechos a los que prefieren al Tom Zé músico sin más y no terminan de apreciar sus dotes como actor-agitador político, un papel con el que puede llegar a resultado tedioso.
El concierto hizo un recorrido historico por la faceta más asequible de su repertorio. También por algunos apuntes esporádicos de sua etapa más vanguardista y glpes de efecto como el magnifico número final en el que el ruido de los afiladores y sus chispas pasaron a formar parte del espectáculo, las introducciones musicales con gárgaras se intercalaron con canciones de tono politico como la anti Bush, o el instante que Tom dedicó a denunciar el turismo sexual que europeos y americanos pratican en su país, del que dijo que era una consecuencia de la globalización./
Los mejores momentos de este recital didáctico em el que Zé casi consiguió que el público terminara aprendiendo portugués, llegaron cuando la banda - compuesta por guitarra y bajo eléctricos, laúd, teclados, batería y la guitarra cústica de Zé - se concentró en lanzar toda su energia y en acompañar (con un concepto más cercano al rock) a un Tom Zé que en esos instantes demonstraba más que nunca su genio.
Y, efectivamente, la de ayer fue una magnífica ocasión para comprobar de cerca, cara a cara, la originalidad, esa actitud vanguardista genética de este músico que, en los noventa, después de 16 años sin grabar un disco e ignorado por la indústria discográfica, volvió a ver la luz gracias al olfato de otro artista, David Byrne, que decidió publicar un disco recompilatorio The best of Tom Zé en su compañia discográfica Luaka Bop.
A partir de ahí, Tom Zé se ha convertido en un artista de culto, venerado más por los creadores de vanguardia que por los seguidores del movimiento tropicalista a los que tiene mucho que decir en su reciente libro Tropicalista lenta luta (en el que responde al Verdad Tropical de Caetano Veloso). Su canción anti Bush está incluida en la banda sonora de Fahrenheit 9/11, y es que en su ultimo disco Imprensa Cantada, arremete contra el presidente estadounidense, siguiendo la linea de compromiso político de toda su carrera; Sean lennon, Tortoise y Stereolab remezclan sus temas en Postmodern Platos, mientras la prensa especializada - a punto de sufrir un colapso porque no sabe cómo etiquetarle - le compara con artistas como Frank Zappa.
Pero este músico de 68 años, al que se le nota que ha resucitado varias veces porque nadie podria echarle más de 50 (ni por aspecto, ni por actitud vital en el escenario), va mucho más allá. Bebe de los postulados de John Cage, con instrumentos y protosamplers construidos por si mismo, se pierde consientemente por los vericuetos de estilos, siempre al filo de lo más difícil.
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